Por: Camila Silva Madariaga (@espacioaguadeluz). Psicóloga infanto juvenil con diplomado en psicopatología del niño y el adolescente. Actualmente cursa diplomado relativo a Parentalidad, Apego y Desarrollo. En la actualidad se desempeña como psicoterapeuta en Espacio Terapéutico Agua de Luz.

En últimos meses, la emoción que más se repite en mis sesiones con niños es el miedo, no solo referido por ellos, sino que también por quiénes los cuidan. Miedo provocado por la incertidumbre que genera la situación actual y el cambio de rutina, como no ser lo suficientemente buena para poder cuidar de los hijos. El miedo desde lo vivencial, se experimenta como una sensación de angustia a sufrir un daño real o imaginario. Es una de las emociones más primitivas por lo que emerge desde áreas cerebrales enfocadas en la supervivencia. El miedo nos puede ayudar a ponernos alerta, pero también, cuando es muy intenso, nos puede paralizar.

En los niños existen muchas vivencias ligadas al miedo, en particular en los más pequeños que están en pleno desarrollo y pensamiento desde lo imaginativo, los miedos imaginarios, aparecen frecuentemente entorno a monstruos o fantasmas, los niños pequeños no logran diferenciar que el “monstruo no puede salir de la pantalla” por ejemplo. En la actualidad y entorno a las vivencias actuales, puede existir miedo a salir a casa o miedo a que algún familiar se enferme. Este miedo puede expresarse a través de conductas regresivas (ej: volver a dormir con los papás para sentirse seguro),  dificultad para salir de casa, preocupación excesiva por familiares o amigos, conversaciones o juegos en cuanto a la temática. Cada niño puede expresar esta emoción de múltiples maneras, es importante reconocer si este miedo actúa como una señal de alerta o lo paraliza.

¿Cómo reconocemos este miedo? Podríamos comprender que es esperable que un niño sienta miedo si un familiar suyo se enfermó o falleció, ya que viene desde una experiencia real, pero deberíamos estar más alerta si el miedo viene desde una experiencia imaginaria, ya que esta imaginación puede crecer y crecer, provocando terror. Para ello es importante lograr chequear el origen del miedo, desde una mirada comprensiva y no juzgarlo.

Desde el rol de quién cuida, siempre es importante ayudar a reconocer y dar espacio a lo que siente el niño, por sobre intentar que se frene el miedo rápido. ¿Por qué? Como veíamos antes, sentir miedo es natural, es parte de nuestro repertorio emocional y no tiene nada de malo que aparezca. Permitir la expresión del miedo, ayuda a que el niño se sienta más confiado y seguro en su territorio, por lo que nunca deberíamos minimizar o ridiculizarlos por lo que sienten (“pero como le tienes miedo a eso”), ya que lo que promovemos desde ese espacio, es reprimir la emoción y en general, a que el miedo se rigidice, volviéndose más difícil de abordar y que el niño no confíe en nosotras para expresar lo que siente. También nos puede suceder que nosotras también sentimos miedo por alguna situación, podemos compartirlo, no transmitiéndolo desde el terror, pero sí, desde un espacio de empatía y reconocimiento mutuo –yo también a veces me siento así- , esto nos ayuda a la resolución conjunta de lo que estamos viviendo.

Es importante no obligarlos a que sean valientes y vayan a enfrentar a eso que temen, sino que ponernos desde la mirada de que el miedo irá descendiendo gradualmente y en la medida se le acompañe en su sentir, así, alentarlos, poco a poco, a encarar la emoción.

En el espacio actual tras el confinamiento prolongado, se nos puede dificultar la capacidad de ser sensible a las necesidades de nuestros hijos y por ello, puede volverse más complejo acompañarlos de manera asertiva. Podemos sentirnos más ansiosas por la pronta resolución de lo que sienten. Te sugiero ser paciente y recordar cuando eras niña, como te sentiste cuando viviste alguna situación parecida, qué esperaste que hicieran los adultos que te rodeaban, pregúntate si lograron responder como lo necesitaste. Este ejercicio nos ayuda a activar nuestros recursos de empatía de una manera sencilla, pero no poco importante, ya que desde nuestra propia experiencia podemos intuir como acompañar a las necesidades de nuestros hijos, sobre todo con una emoción tan recurrente hoy en día como lo es el miedo.