Marianne Kohler (@espacioaguadeluz) es Psicóloga Clínica formada en la visión Humanista Transpersonal con Postítulo en Terapia Estratégica Breve. Diplomada en Terapia Floral y Reiki. Directora y Fundadora de Espacio Terapéutico Agua de Luz,  www.espacioaguadeluz.cl 

El concepto de inteligencia emocional fue acuñado, principalmente, por Mayer y Salovey en 1990, en el ámbito académico y de investigación. Después, fue popularizado por Daniel Goleman en su publicación, en 1995, del libro “Inteligencia Emocional”.

Esta se define como “la capacidad de reconocer nuestros propios sentimientos y los de los demás, de motivarnos y de manejar adecuadamente las relaciones”, identificando dos grandes áreas: la capacidad para la auto-reflexión, que es tomar las propias emociones y regularlas de forma apropiada, y la habilidad para reconocer lo que los demás están pensando y sintiendo. Este tipo de inteligencia, se puede educar y desarrollar y la componen 5 aspectos fundamentales: autoconciencia, autoregulación, motivación, empatía y habilidades sociales.

Durante los primeros años de vida, los niños tienen una considerable plasticidad cerebral, por lo que las experiencias y aprendizajes que se den en la primera infancia, son especialmente importantes para el enriquecimiento y adecuado desarrollo de la cognición y la afectividad. Por esto mismo, es esencial que los niños conozcan sus emociones y así se puedan desenvolver, adecuadamente en sociedad. ¿Cómo podemos ayudarlos?

1. Inteligencia emocional en los adultos: Lo más importante es que los adultos asumamos nuestro rol y seamos, primeros nosotros, capaces de autoregularnos, para así poder guiar mejor al niño en el conocimiento y desarrollo de sus emociones.

2. Ambiente acogedor y seguro: Generar un ambiento seguro donde el niño se sienta con libertad de ser y expresar, ir conociendo los límites y tenga confianza para explorar el mundo. Cuando los niños cuentan con este ambiente, el desarrollo emocional suele ser más apropiado.

3. Enseñar a reconocer lo que sienten: Ayudar a los niños al reconocimiento de sus emociones básicas, que las reconozcan y las acepten, para así poder gestionarlas. Es importante darle a sus emociones la importancia que merecen. Esto permite que el niño se conozca, incremente la percepción de control sobre aquello que le pasa y aprenda a automotivarse.

4. Nombrar las emociones básicas: Es el deber del adulto darle nombre a cada una de las emociones básicas de los niños y ayudarles a nombrarlas y reconocerlas. Se puede crear un espacio en que se le enseñe a través del juego a identificar, expresar y manejar adecuadamente sus emociones y así permitir que el niño vaya incorporando recursos que poco a poco pueda extrapolar a las situaciones de su vida cotidiana.

5. Permitir la comunicación: Es esencial que podamos facilitar a los niños la confianza apropiada para que expresen lo que sienten. Si les ofrecemos comodidad para que se puedan expresarse y comunicar, también lo harán a medida que crezcan y en el resto de contextos.

Las personas que poseen una adecuada inteligencia emocional, tienen más confianza en sus capacidades, una autoestima más sana, establecen relaciones interpersonales sólidas y satisfactorias, se comunican de manera asertiva y son empático con quienes le rodean. Todo esto, influye en que sean personas íntegras. Nosotros podemos ayudar a que los niños desarrollen lo mejor de sí, a través de la educación en inteligencia emocional.