Por: Carlos Enrique Pellegrini.

Podría pensar en muchas alternativas a la hora de navegar por una ciudad. Quizás, ceder a la simple elección de un tour privado, un bus compartido o ¿por qué no?, un carro rentado. Algún viajero de naturaleza más romántica, podría optar por aventurarse al transporte público, una bicicleta, o hacer uso de ese magnífico recurso que llamamos piernas. Yo por lo pronto, elijo lo último.

Sospecho que la simple empresa de caminar nos permite absorber el entorno con cada paso. Pensemos en una esponja cultural con piernas. Así, nuestro avance alcanza la velocidad óptima para captar ese aroma a especias que escapa de una receta casera, descubrir los detalles de aquella arquitectura característica o escuchar esa conversación confidente entre vecinos. Pasamos entonces a ser parte de la dinámica lugareña y nos disfrazamos de local. Por eso camino, y lo hago a paso de hombre.

Sí, soy un caminante, y aunque podría seguir filosofando sobre mis hábitos viajeros indefinidamente, me apremia atender al título de este escrito.

Ahora, se me ocurre que del otro lado de esta pantalla, se encuentra un lector dotado de las bondades de la tecnología vigente. Por eso, si esperas un relato de cuan pintoresca es la Habana vieja, la rica historia revolucionaria de esta nación o lo prístino de sus playas, te recomiendo que abandones este texto y hagas uso de esa tecnología que mencioné, seguramente encontraras ilimitadas fuentes de información.

¿Sigues aquí? Bien, te invito a imaginar a Cuba desde otra perspectiva, la idiosincrasia de su gente y los gajes de su vida cotidiana. Aquí vamos.

Resolviendo el día a día

Cuba se ha visto sometida por largo tiempo a un bloqueo comercial que limita en gran medida las posibilidades de la gente. Sumemos a esto los escarmientos climáticos que golpean a la isla, devastando cosechas y reduciendo el abastecimiento de comida. Además, el modelo económico adoptado, no ayuda a sobrellevar las necesidades cotidianas de la gente. Como resultado, los cubanos han desarrollado estrategias de colaboración y ayuda entre compatriotas a la hora de afrontar problemas cotidianos. Así, el chef del hotel cambia unas presas de pollo por ese repuesto que necesita para su carro, y a su vez el mecánico consigue materiales de construcción a cambio de su mano de obra. Participar de esta cadena de favores, se conoce en la jerga local como “Resolver una situación”, según me comenta Héctor, anfitrión de la casa de familia en la que me encuentro hospedado.

Ritmos en desuso

Es sábado por la noche y vislumbro a la distancia un escenario dotado de luces festivas y parlantes gritones. El gobierno de la Habana organiza ocasionalmente eventos gratuitos acordes a su filosofía comunitaria. La humedad del aire amenaza al festejo con lluvia, y veo que mi oportunidad de bailar en las calles se aleja. Sostengo en mis manos a mi dulce colombiana, hambrienta de Salsa. Sacudo de mí ser cualquier vestigio de rigidez y me dispongo a improvisar los mejores pasos de baile cuando un ritmo Puertorriqueño nos envuelve en confusión. Miro a María con ojos desconcertados y noto que no solo el menú no incluía Salsa, sino que solo dos parejas estaban moviendo el cuerpo. ¿Qué le pasaba a la juventud cubana? Tal vez fue ingenuo de nuestra parte no contemplar que las generaciones actuales se inclinan por otros ritmos. Tal vez, los jóvenes cubanos de hoy, no acostumbran a bailar en las calles.

Reuniones de capó

Les puedo garantizar que ver a un cubano bajo el capó de su carro, es historia cotidiana. Se podría inclusive considerar esta práctica como una excusa de sociabilización. Un capó levantado genera un fenómeno gravitatorio atrayendo transeúntes y curiosos hacia la maquina averiada. Es parte de su folklore. Lógicamente, la abundancia y glamour de la clase alta de los años 50 dotó al país de una flota de vehículos clásicos en deterioro. Esto, sumado al bloqueo de importaciones por parte del gobierno comunista, convirtió a Cuba en el mayor museo automovilístico del mundo.

“El Che es de todos”

La Habana vieja desafió el estereotipo de casco histórico que llevaba consigo. El cubano que habita en estas calles realmente ocupa todos los espacios que el barrio le brinda. Los vecinos emergen de sus desgastadas casonas coloniales y se sumergen en la vida callejera. Dos señores de aspecto legendario me detienen para preguntarme amablemente cual es mi país natal. Les comento que soy Argentino y se apresuran en responder: “Como el Che, y también era Cubano” Y es que el respeto y admiración que este pueblo sostiene por el Comandante Guevara redibuja las fronteras. El Che es de todos. Tal como lo expresaba el mismo Ernesto:

“Aunque lo exiguo de nuestras personalidades nos impide ser voceros de su causa; creemos firmemente que la división de América en nacionalidades inciertas e ilusorias es completamente ficticia. Constituimos una sola raza mestiza que desde México hasta el estrecho de Magallanes presenta notables similitudes etnográficas.”

Cuba envuelve un sinfín de matices y su complejidad se ve simplificada por su pueblo. Gente amable, sincera y conocedora de su pasado. No existieron conversaciones frívolas ni superficiales y tampoco sacié mi sed de conocerlos…