Ps. Alejandra Rodríguez A. Magíster en Psicología Clínica, docente universitaria, directora Centro del Dolor CHILE.

 

 

Antiguamente, los romanos diferenciaban la juventud con la adolescencia.  La raíz, la etimología de ambas palabras es diferente.  La palabra latina “adolescentia” viene de verbo “adolesco”, es decir, que “me falta”, o del verbo latino “adolescere” que significa “crecer, desarrollar”.  En cambio juventud, viene del verbo “iuvare” que significa “ayudar a la sociedad” y los romanos, ubicaban ésta última, entre los 30 a 45 años.

Hoy en día, hay un marcado deseo de mantenerse joven, más bien, se instala como una demanda, presión y muchas veces como una autoexigencia. Lejos está del significado que tenía antiguamente, ojalá prevaleciera ese concepto de “ayudar a la sociedad” y todos quisiéramos aferrarnos a él.

¿Qué es ser joven hoy? Es muy difícil precisarlo, pero lo que parece fácil de aseverar es que todos o casi todos le tenemos miedo a perder la juventud.  Entonces debemos preguntarnos: ¿Qué es lo que no queremos perder que está asociado a la juventud?

Los miedos son emociones normales, parte de la esencia humana. Nos protegen, son una señal de alarma; la idea es convivir con ellos y poder descubrir cuáles son para enfrentarlos.  Estos miedos cambian con el paso del tiempo, ¿será cuando dejamos de ser veinteañeros que surge el miedo a no ser jóvenes?, ¿a que le tememos realmente? Bauman, filósofo contemporáneo, enfatiza que “los miedos tienden a transferirse de las causas principales a los objetivos accidentales.  Se descargan en objetivos próximos, visibles, a lo que está a la mano, pues parecen más fáciles de gestionar. Estas batallas de sustitución no harán que desaparezca nuestra ansiedad, porque las verdaderas raíces del miedo permanecerán intactas, pero, como compensación, obtendrían un cierto consuelo: no parecer que nos cruzamos de brazos; así nos dará la impresión de que hemos hecho algo”.

De esta manera, vamos incesantemente al gimnasio, comienzan las cirugías plásticas, nos obligamos al carrete que ya no queremos, no nos permitimos momentos de paz, ocio o tranquilidad, porque están asociados con la perdida de la apreciada “juventud”, inclusive una misma se dice “me llegó el viejazo”. Entonces nos convertimos en una pirinola, ansiosas, de un lado para otro, sin detenernos en nada.

La invitación es volver la mirada al concepto antiguo sobre la juventud y reflexionar que no está mal el querer seguir siendo jóvenes en el sentido de energía y propositividad en nuestra vida, lo que está errado y nos enferma es aferrarnos a estereotipos sociales y físicos que NO nos permiten ser felices con y cómo somos realmente en cada etapa de la vida.

Lo que nos enferma es la urgencia de lo rápido, desechable, el no detenerse, el vivir sin mirar hacia adentro, el materialismo, la superficialidad de sólo valorar el peso y las no arrugas.  Lo que nos enferma es la ansiedad que nos consume en una vorágine que no es juventud, sino pérdida de nuestro sentido y prioridades de la vida.