Por: Camila Silva Madariaga (@espacioaguadeluz) es psicóloga infanto juvenil con diplomado en psicopatología del niño y el adolescente. Actualmente cursa diplomado relativo a Parentalidad, Apego y Desarrollo. En la actualidad se desempeña como psicoterapeuta en Espacio Terapéutico Agua de Luz.

Es agotador enfrentarse a ellas, son intensas, en ocasiones aparecen sin avisarnos, incluso en lugares públicos donde miles de personas nos miran y cuestionan nuestro rol. ¿Qué estoy haciendo mal?, ¡no puedo con este niñ@!, a mi nadie me enseño a ser madre, ¿esto se terminará alguna vez?, estas son frases típicas que escuchamos los psicólogos de madres/padres que están atravesando con sus hijos por el periodo de las pataletas.

Sobre la base de lo anterior, ¿te has preguntado qué es una pataleta?. Una pataleta es una manifestación intensa de rabia ante una frustración que no logra ser manejada por un niño. Son normales, sí son esperables en el desarrollo, no te preocupes. Son reacciones que surgen en pleno desarrollo del mundo emocional, ya que los niños están comenzando a tener consciencia de sí mismos, sobre sus gustos, motivaciones y adquiriendo cierta autonomía de los adultos que los rodean.

En general, la pataleta aparece cuando el deseo del niño se contrapone al del adulto, sumado a la incapacidad de verbalizar la emoción que siente, por lo que el camino más eficaz para demostrarla es a través de la conducta. Es importante destacar, que el niño no sabe que “esto está mal” sino que en este período, es la única forma que conoce de expresarse en base a sus impulsos, por lo cual, debemos sacarnos la idea de que “nos esta manipulando”.

Estas conductas aparecen más o menos a partir de “los terribles dos años” y se espera que a los cinco, comiencen a remitir recurriendo a la incipiente auto-regulación que desarrollen los niños de sus emociones. Es aquí donde los padres juegan un rol esencial.

El rol principal de los padres se relaciona con acompañar y favorecer en sus hijos el conocimiento de sus emociones, a ponerles nombre, a diferenciarlas, saber que llora por que siente tristeza y ríe por sentirse feliz, por ejemplo, además de que logre entenderlas, así generamos que exista comunicación asertiva entre ambos. Nos estamos entendiendo.

Un ejemplo a ello es cuando en plena pataleta, nuestro hijo se encuentra angustiado, llora, se tira al piso. ¿Qué hacer?, ¿lo dejo llorar y que se le pase? Esto no es recomendable. Lo que sí deberíamos intentar hacer en estos casos, es acercarnos lentamente a la altura de nuestro hijo y decirle “no logro entender lo que te pasa, me gustaría poder hacerlo, podrías explicármelo y así buscamos una solución juntos, te acompaño hasta que se te pase”, esto muestra una idea de cómo podríamos propiciar que nuestro hijo logre verbalizar lo que le sucede, lo que lo invita a conocer y conectarse con sus emociones, y a nosotros como padres, nos entrega una idea sobre qué estrategias nos sirven con nuestros hijos. En casos de niños más grandes podemos negociar, cambiar el orden del juego con una rutina o entregar un par de alternativas razonables, es probable que no pase nada grave si juega primero antes de la ducha o coma la mitad de las verduras que no le gustan, pero sí el postre que es una fruta. Es importante en esta etapa, ser flexibles.

¿Cuándo debemos preocuparnos? Si bien como comentaba anteriormente, las pataletas son esperadas en el desarrollo de los niños, sí es importante diferenciar cuando debemos pedir ayuda a un profesional, por ejemplo, cuando comiencen mucho antes de los dos años o se prolonguen bastante de los seis años; cuando la frecuencia e intensidad es alta y no guarda proporción respecto a la situación, si mi hijo se hace daño a sí mismo u otros en plena rabieta…

No es fácil manejar las pataletas, eso lo sabemos, no hay recetas mágicas tampoco, pero lo que sí se puede hacer como madres y padres es probar e implementar nuevas estrategias que nos ayuden a manejarlas, no debemos olvidar que la resolución de este proceso es la base del desarrollo emocional de nuestros hijos, por lo que en la medida que tengamos éxito, estaremos criando a futuros adultos que conectan y validan sus emociones.