Marianne Kohler (@espacioaguadeluz) es Psicóloga Clínica formada en la visión Humanista Transpersonal con Postítulo en Terapia Estratégica Breve. Diplomada en Terapia Floral y Reiki. Directora y Fundadora de Espacio Terapéutico Agua de Luz,  www.espacioaguadeluz.cl 

Con la crisis sanitaria global, muchas ciudades se vieron obligadas a que su población estuviera en cuarentena. Por lo mismo, la gran mayoría de nosotros hemos pasado meses en nuestros hogares y, a pesar de que en algunas partes ya se está abriendo, -comenzando con la etapa del desconfinamiento- nos sucede algo curioso: ahora que podemos salir, ya no lo queremos hacer.

Popularmente, a este fenómeno se le conoce como “Síndrome de la cabaña” y es importante tener en cuenta que no es un trastorno descrito por la literatura científica, no es algo patológico y no constituye un síndrome como tal. La denominación de este síntoma, tiene su origen en los antiguos colonos americanos que pasaban largas temporadas de invierno encerrados en sus cabañas y terminaban por acostumbrarse a ella, viendo el exterior como una amenaza. De igual forma, tras muchas semanas de confinamiento, cuando las medidas se empiezan a flexibilizar y es posible moverse en la ciudad, algunas personas no disfrutan de estos espacios públicos, sino que sienten miedo, ansiedad o rechazo al hecho de salir (síntomas más característicos). Se debe diferenciar este concepto de un cuadro ansioso mayor como la agorafobia, por ejemplo, que es un trastorno de ansiedad, pero el síndrome de la cabaña podría considerarse un cuadro por acostumbramiento a espacios cerrados y/o reducidos, tratándose simplemente de una reacción emocional completamente normal después de haber experimentado una cuarentena de tantos días.

Al ser conscientes del riesgo real que supone exponernos al exterior, es normal que puedan surgir sentimientos de inseguridad o incertidumbre cada vez que tenemos que salir. Sin embargo, lo que ocurre en muchos casos es que esta situación está siendo detonante de mayor malestar. Esto lleva a que percibamos nuestra casa como el único lugar seguro y dejarla genera un miedo paralizante. Tras tantas semanas de confinamiento, nuestro cerebro se ha habituado a la seguridad de nuestro hogar. Entonces, comprendiendo que no es un proceso patológico, ¿cómo podemos enfrentarlo?

1.- Desconfinarnos progresivamente: Si es que podemos hacerlo, una muy buena opción es proponerse salir algunos días de la semana unas ciertas horas e irlo aumentando de manera progresiva. Tenernos paciencia y darnos tiempo. Ir retomando de manera gradual las actividades de la vida cotidiana, de forma que empecemos a exponernos primero a aquellas situaciones que nos generan menor ansiedad hasta habituarnos completamente.

2. Autocuidado: Darle espacio y tiempo a actividades que nos ayuden a manejar nuestros niveles de estrés y ansiedad. Por ejemplo, meditar, realizar ejercicio físico, escuchar música, escribir en un diario, etc.,  estar pendientes de lo que nos dice nuestro cuerpo, ya que las sensaciones de tensión o rigidez indican que hay emociones que deben ser liberadas.

3. Manejo emocional: Las emociones son algo que nos sucede, no elegimos sentirlas. Por lo tanto, debemos validar lo que sentimos y manejarlas de maneras constructivas, para evitar que nos lleven a colapsar. Si las observamos objetivamente y las concebimos como eventos pasajeros, la influencia de ellas disminuirá con el paso del tiempo y no nos arrastrarán. Compartir nuestros sentimientos con las personas en las que confiamos nos puede ayudar a ver las situaciones desde otro punto de vista, pudiendo tener diferentes perspectivas.

En caso de que los síntomas persistan o resulten incapacitantes en el día a día, es necesario pedir ayuda psicológica, ya que si este “síndrome” se agrava, puede derivar en depresión o ansiedad generalizada. ¿Cuándo esto deja de ser normal y puede convertirse en un problema emocional más serio? Cuando ya comienza a afectar de manera significativa algún área de la vida y empezamos a dejar de lado cosas importantes y necesarias para nosotros por miedo a salir. Una intervención temprana favorece un mejor pronóstico.